La Institucionalidad Norteamericana: Mito o Realidad?

Por Elba García

Nadie puede poner en duda que el comportamiento de Donald Trump cuestiona profundamente los altos niveles de institucionalidad que adornan a la sociedad norteamericana, cuyo atributo ha servido para imponer determinada política pública a los gobiernos de los países pobres del tercer mundo.

Sin embargo, la presidencia caricaturezca de Trump ha llevado a muchos países a preguntarse si se trata de una imagen falsa y carente de una sustentación real la llamada institucionalidad de la democracia norteamericana.

Sociologicamente hablando nadie puede negar su desarrollo capitalista con el más alto Producto Interno Bruto del mundo, pero en la época Trump parece que la vida de la sociedad norteamericana está revestida de mucha politiquería y que las pocas vergüenzas del mandatario norteamericano depende con el cristal con que se mire, muy al estilo de las sociedades con poco desarrollo.

Esto así, porque el Rusiagate ciertamente tiene mucha similitud con el Watergate de Richard Nixon, pero la diferencia consiste en que en la época Trump el Congreso está controlado por los republicanos, mientras que cuando por primera vez renuncia un presidente en los Estados Unidos el Senado y la Cámara de Representantes eran de mayoría demócrata.

Esa diferencia parece ser la única razón para que en el caso Rusiagate no haya un desenlace similar al del Watergate, lo cual nos dice que más que un problema institucional se trata del posicionamiento de los dos partidos en las instancias que pueden degenerar en tal situación, lo cual ubica el asunto en la politiquería en vez de la institucionalidad.

Peor aún, si revisamos minuciosamente la historia encontraremos que son muy pocos los republicanos y de igual los demócratas que han votado en favor de sacar de la Casa  Blanca a un presidente de su corriente que haya cometido faltas muy graves.

En este aspecto la democracia norteamericana se parece mucho a aquella que se vive en los países pobres y con poco desarrollo de la conciencia social, donde las clases sociales no juegan un papel determinante, sino los grupos que rayan en lo mafioso con vínculos muy estrechos con el poder a través de la politiquería, que generalmente se produce a través de la donación de dinero y la cercanía con los mandatarios de turno.

El caso Rusiagate parecía antes de las declaraciones del cancelado jefe del Buró Federal de Investigaciones (FBI) que terminaría en el procesamiento del presidente Trump, pero el partidarísmo se ha constituido en el paño tibio del asunto, lo cual parece ser una puñalada, sino mortal, muy peligrosa para una nación que pretende seguir siendo la que tiene la potestad de juzgar a todos los demás, sólo por su condición de imperio.

El caso Rusiagate luce con muy pocas posibilidades de que Trump pueda ser sometido a un impeachment o proceso de destitución, sólo porque su partido controla ambas cámaras, las cuales son la instancia clave para que se pueda producir la destitución o renuncia del presidente.

En el Senado tendrían que sumarse 19 senadores republicanos a los 48 del Partido Demócrata para que el presidente sea sometido a un juicio de destitución, es decir dos tercios de sus miembros, lo cual parece difícil por no decir imposible.

Esta realidad contrasta con el escándalo de Watergate, el cual tenía características muy parecidas al Rusiagate, pero la diferencia consiste en que Richard Nixon se vio acorralado porque el Congreso estaba controlado por los demócratas.

Incluso otra demostración de que parece ser un mito la institucionalidad de la sociedad norteamericana lo constituye el hecho de que los tropiezos de Trump con sus órdenes ejecutivas parecen ser el resultado, no de las violaciones contenidas en las mismas de la Constitución de los Estados Unidos, sino del hecho de que los jueces, naturalmente con algunas excepciones, son demócratas y no republicanos.

De manera, que todo parece indicar que las teorías sobre la fortaleza del Estado norteamericano y su conciencia social por tratarse de una sociedad con un alto desarrollo capitalista como resultado del crecimiento de sus fuerzas productivas, no pasa de ser un mito, ya que está más que demostrado que la partidocracia es la responsable del manejo de todas las instancias públicas de la potencia del norte.

No ha importado qué tanto Donald Trump haya lesionado el orgullo de los estadounidenses, el asunto tiene importancia y consecuencia dependiendo de cuál de los partidos tiene la posibilidad de sancionar en función del privilegio de contar con la mayoría en las cámaras legislativas o de la tendencia del juez que conoce el caso en discusión.

Parece ser definitivamente un mito los altos niveles de institucionalidad de que tanto se ha hablado sobre la sociedad norteamericana, porque la ridícula y violatoria del estado de de derecho de la época Trump ha borrado todos los paramentos.

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